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Policiales

Casas marcadas y entraderas a jubilados en un barrio de Florencio Varela: “Estamos solos en esta lucha”

Los vecinos denuncian que la Policía no actúa. Uno de los robos terminó con un crimen.

Emilio Dikie Acosta Valdiviezo, ecuatoriano, de 64 años, había llegado a Florencio Varela para visitar a sus suegros. Ese fin de semana se volvería a Bariloche, donde vivía con su familia, pero todo terminó en tragedia.

Dos ladrones armados entraron a la casa de la calle Aristóbulo del Valle, entre Almirante Brown y Pringles. Acosta Valdiviezo intentó proteger a la familia y forcejeó con los asaltantes, hasta que uno de ellos le disparó en el pecho y lo mató.

El crimen se produjo el 10 de septiembre de 2022. Pero no fue un caso aislado. Según cuentan en el barrio, las calles Aristóbulo del Valle y Juan de la Cruz Contreras es una zona desierta, no hay vecinos en los porches ni en las veredas.

Son contadas las casas que no llevan pegado en sus frentes los carteles de alarmas de seguridad.

Emilio Dikie Acosta Valdiviezo (60), el hombre ecuatoriano asesinado en Florencio Varela durante un asalto.Emilio Dikie Acosta Valdiviezo (60), el hombre ecuatoriano asesinado en Florencio Varela durante un asalto.

Ana atiende desde su ventana. Su voz apenas se llega a escuchar. Con temor, y sin acercarse al portón, pregunta: “¿Qué necesitas?”. Desde el mismo lugar, sin asomarse, atina a decir: “Te voy a atender desde acá, por seguridad ¿Sabés? Justo ayer me intentaron robar, pero sonó la alarma”.

“Solo te voy a decir que ellos van impunes, estamos solos en esta lucha”, sintetiza, saluda y cierra la ventana de forma abrupta.

Sobre la misma cuadra, en un domicilio cercano a un banco, el 15 noviembre asaltantes sorprendieron a una jubilada de 85 años. “Yo pensé que el ruido venía de al lado, por eso no le di mucha importancia y lo dejé pasar”, señala a Clarín.

Robos en Aristóbulo del Valle. Foto Andres D'EliaRobos en Aristóbulo del Valle. Foto Andres D’Elia

“Eran las diez de la noche. En un momento me levanté a ver por las ventanas y al último ambiente adonde voy a mirar es donde estaban entrando dos hombres. Me quería morir”, confiesa. Los dos delincuentes ingresaron por una ventana, rompieron la reja y la persiana.

Los asaltantes le reclamaban dólares a la mujer mientras guardaban alhajas, cadenas de fantasía y efectivo. “’¿Le pedís dólares a una jubilada?’, le pregunté yo. El que me tenía me dice ‘Y bueno, ¿cómo tenés esta casa entonces?’. Y le dije la verdad, yo hace más de 40 años que me sostengo con mi máquina de coser”, remarca.

Me dieron unas cuantas cachetadas. Tenían armas. Me tomaron la denuncia acá, pero después no supe más nada”, concluye.

El 30 de enero pasado, Ana María (76) esperaba a su marido, Ramón, a que regresara de hacer unas compras. Lavaba una toalla en la cocina y mientras estrujaba por última vez la prenda, levantó la vista: “Ahí estaban los dos, detrás del ventanal. Me quise morir porque no había escapatoria, la puerta del patio estaba abierta”, cuenta la mujer a Clarín.

La pareja sabía que la entradera tenía inteligencia previa. Un mes antes habían amanecido con un grafiti extraño en la tapa de la cloaca. En ese momento pensaron que se trataba de vandalismo hasta que los policías le indicaron que los habían marcado.

La esquina de Coronel Pringles y Juan Cruz Contreras donde marcaron una casa para robarla. Foto Andres D'EliaLa esquina de Coronel Pringles y Juan Cruz Contreras donde marcaron una casa para robarla. Foto Andres D’Elia

Los asaltantes que ingresaron se movían como banda y se comunicaban por handy. Dos ingresaron y otro dos aguardaban en un coche blanco. Tenían ropa similar y estaban encapuchados, “parecían policías”.

“Uno me tiró a la cama mientras me apuntaba con una cuchilla grande y después ya acostado me pusieron un arma en la cabeza. Me decían que le diera dólares y yo les decía que no tenía e igual insistían”, evoca Ramón.

De la casa lograron llevarse efectivo, alhajas, collares de fantasía, un equipo de música y un aparato para tomarse la presión. Para huir de la casa, los dos delincuentes se cambiaron la ropa y se fueron. “Cuando se fueron, pude mirar a uno a los ojos y me dijo ‘no me mires ni me hables”, puntualiza Ana María.

“A la denuncia me la tomaron acá, me dijeron que no fuera a hacerla a la comisaría porque estaba en refacción. Supuestamente volvían el domingo, pero nunca aparecieron. Solo se llevaron un pañuelo con el que se había sonado uno de los ladrones. El análisis no vino y ellos no vinieron, no les importa un carajo nada. Acá no actúa la Policía”, denuncia.

Hace menos de una semana los delincuentes volvieron a marcar, con el mismo grafiti, una pared de la casa. “Ayer pasó un patrullero, lo paramos y le dijimos que nos volvieron a marcar. Nos respondieron que está bien que lo borremos así saben que están al tanto”, manifestó la mujer.

El hartazgo de Ana y Ramón es el mismo que en toda la cuadra. “Es un martirio ya no se puede vivir más así. Salir de mi casa es imposible”, advierte el hombre.

Contreras y José Enrique Rodó, donde los vecinos de Florencio Varela sufren la inseguridad. Foto Andres D'EliaContreras y José Enrique Rodó, donde los vecinos de Florencio Varela sufren la inseguridad. Foto Andres D’Elia

El 27 de febrero, el dueño del negocio “Estructuras Bariloche”, fue asaltado en su casa. Los delincuentes amenazaron con un arma al hombre de 67 años y le robaron plata y un celular.

La hija de la víctima se resigna: “Ya está, no se puede cambiar lo que pasó. La inseguridad va a seguir”.

Otra cuadra que los ladrones tienen de punto

La cuadra que rodea las calles Leandro Alem, 9 de Julio y España es otro blanco para los delincuentes.

Nancy (61) es dueña de un quiosco ubicado sobre la esquina de España y Leandro Alem. El sábado 18 de febrero, a las 12 del mediodía, fue víctima de un intento de robo.

“Arriba del negocio tenemos nuestro departamento. El tipo subió al árbol y quiso entrar por el balcón. Las puertas del patio estaban cerradas, pero tranquilamente pudo ingresar al departamento”, asegura a Clarín.

El asaltante no logró ingresar a la vivienda, porque una mujer desde la otra esquina lo vio, le gritó y se bajó. “Justo pasó la Policía, mi marido los vio y lo agarraron, pero no supe qué pasó con el chico”, señala.

La cuadra que rodea las calles Leandro Alem, 9 de Julio y España es otro blanco para los delincuentes. Foto Andres D'EliaLa cuadra que rodea las calles Leandro Alem, 9 de Julio y España es otro blanco para los delincuentes. Foto Andres D’Elia

Son las dos de la tarde, la vereda se habita de gente que rehuye de responder, salvo una señora que volvía de trabajar de un centro médico de la calle Monteagudo. “Acá hay robos cada dos por tres, ayer justo le robaron a mi compañera al salir del centro. Yo tengo un amigo policía, él me dijo que esta zona es liberada”, expresa.

“Es tierra de nadie y las víctimas siempre son mayores vulnerables de 80 años”, exclama la hija de una jubilada de 95 años asaltada hace pocos días. El 21 de enero, cerca de las 2.30 de la madrugada, la casa estaba en pleno silencio cuando un ruido en el baño sobresaltó a la familia.

“Dormíamos y de repente entran cuatro tipos. Uno me buscó a mí, me puso el arma en la cabeza, y otro fue a buscar a mi tía”, comenta.

El modus operandi se repite. “Nos empezó a pedir dólares. Él estaba convencido de que teníamos, pero no tenemos eso”, resalta. Los asaltantes revolvieron todo: levantaron el piso de madera del living, sacaron cuadros y hasta la heladera.

“Decime dónde tenés los dólares o te corto”, amenazó uno de los ladrones a las dos mujeres.

"Acá hay robos cada dos por tres", dicen en Bernardo Monteagudo y Leandro Alem. Foto Andrés D'Elia“Acá hay robos cada dos por tres”, dicen en Bernardo Monteagudo y Leandro Alem. Foto Andrés D’Elia

El calvario duró una hora y media.”Cuando se estaban por ir me pidieron que les abriera la puerta y se fueron. Se llevaron efectivo y mi teléfono”, afirma la sobrina de la jubilada.

Se presume que el robo contaba con inteligencia previa. Las rejas del baño donde ingresaron estaban limadas. Los delincuentes iban con la cara descubierta y circulaban en un Volkswagen Vento blanco.

Sin embargo, los robos continuaron. El 25 y 26 de febrero volvieron a irrumpir. ​Primero se llevaron una bicicleta y, al otro día, una escalera.

“La Policía no hizo nada. Nunca me rastrearon el celular. Yo me mude con mi tía por esta situación. Estoy cansada y frustrada”, concluye.

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